Preocupado y ocupado por la gestión de la nueva escuela: recursos y reflexión

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“Equivócate lo antes posible”

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Esta frase la dice con frecuencia Andrew Stanton, uno de los directores de Pixar. Lo cuenta Ed Catmull (Presidente de Pixar Animation y Disney Animation) en su libro Creatividad S. A. (Conecta, 2014), en el que se esfuerza por transmitir los principios sobre los que se ha asentado Pixar. Si una persona o una organización no están dispuestas a equivocarse, será muy difícil que la creatividad fluya y permita desarrollar proyectos brillantes. Por eso, cuanto antes, mejor.
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Es fácil decirlo, casi indiscutible, pero… Quien conoce (quién no) el amargo sabor a fracaso de una metedura de pata, la sensación de haber sido ignorado, arrinconado o descartado (si no ridiculizado) por ello, fácilmente tratará de evitar repetir la experiencia. Procurará hablar  cuando esté seguro de lo que va a decir, solamente hará propuestas previamente “testadas”, incluso, en soledad, acallará algunos pensamientos íntimos por improcedentes. Junto con las ideas, propuestas y sugerencias descartables se quedarán en el mundo de lo irrealizable un buen puñado de buenas ideas (acaso alguna brillante, varias emocionantes) y se perderán para siempre.

Si has identificado esa sensación de fracaso (de la que parece natural huir) tal vez puedas reconocer su origen, aquella primera ocasión en que la tuviste. Probablemente fue en la niñez (cuando todas las huellas se hacen más profundas) en casa o… en la escuela.

Y esto me hace preguntarme, ¿cómo educamos en la convivencia con el error?, ¿qué es un error?, ¿quién dice que lo sea?
En el aula, ¿descansa la autoridad del profesor en el criterio para discriminar qué es un acierto y qué es un fallo? ¿Ser maestro consiste en determinar lo que es correcto y lo que está mal?
¿Cuánta violencia hay en quien, desde pequeño, ha recibido sobre todo mensajes de error? ¿Qué percepción tendrá de sí mismo?

Sabemos (al menos, muchos de nosotros nos lo creemos en alguna medida) que la equivocación es inevitable en cualquier proceso de resolución o creación, veneramos ejemplos de grandes personalidades, que han triunfado de fracaso en fracaso hasta el éxito, admiramos el humor con que los creadores geniales se enfrentan a sus intentos, la audacia con la que se levantan tras cada caída, y anhelamos generar atmósfera de colaboración donde el espíritu colectivo fluya creativo y vital.

Me ha venido a la cabeza mi amigo Jose, madrileño, como yo. Cuando empezó a dar sus primeras clases en Cataluña (en catalán), su dominio de esa lengua era limitado. Con el primer error advirtió a sus alumnos de lo divertido que iba a ser escucharle meter la pata, y juntos lo desdramatizaron, lo que fue de gran ayuda para él, pero sobre todo para ellos, que disfrutaron de un profesor que no absolutizaba el fallo, sino el aprendizaje. Ellos acabaron admirando su progresión en el uso del catalán y seguro le perdieron miedo a las Matemáticas.

¿Humor? El de quien sea capaz de sonreír ante sus propios intentos fallidos ¿Cariño? El que inspirará quien sonría ante los errores de los demás, no desde la benevolencia suficiente del que ya los ha cometido , sino desde la acogida de quien piensa que lo inteligente es no categorizar demasiado rápido las cosas como errores, porque ese puede ser el error.
¿Audacia? La del que esté dispuesto a volver a equivocarse, a intentarlo. ¿Colaboración? La que brota natural cuando estamos dispuestos a asumir que el error del otro puede ser la idea buena.

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